Historia
de las Teorías de la Comunicación.
“La historia de la constitución del
campo científico en comunicación en América Latina está profunda y ampliamente
marcada por la presencia de esta pareja paradigmática de militantes y
científicos de origen europeo (Francia y Bélgica), que renacieron intelectual y
políticamente en nuestro continente, en los distantes y cercanos años de 1960. En
ese encuentro determinante confluyeron la voluntad de conocimiento sobre el
mundo latinoamericano, la aventura intelectual y la necesidad de militancia
transformadora en un escenario crucial de cambios sociales, como fue Chile en
aquel tiempo.” - Maldonado Gómez de la
Torre.
Industria
cultural, ideología y poder.
La
sociología funcionalista consideraba los medios de comunicación, nuevos
instrumentos de la democracia moderna, como mecanismos decisivos de la
regulación de la sociedad y, en este contexto, no podía sino defender una
teoría acorde con la reproducción de los valores del sistema social, del estado
de cosas existente. Estas escuelas de pensamiento crítico nos darán las bases
históricas sobre las consecuencias del desarrollo de estos nuevos medos de
producción y de transmisión cultural. Descritos y aceptados por el análisis
funcional como mecanismos de ajuste, los medios de comunicación resultan
sospechosos de violencia simbólica y son temidos como medios de poder y de
dominación.
Inspirados
por un marxismo en ruptura con la ortodoxia, los filósofos de la escuela de Fráncfort,
exiliados en los Estados Unidos, se inquietan por el devenir de la cultura
desde los años cuarenta. Años más tarde, el movimiento estructuralista nacido
en Francia opone al método empirista el redescubrimiento de la ideología.
A mediados de los años cuarenta
Adorno y Horkheimer crean el concepto de «industria cultural». Analizan la
producción industrial de los bienes culturales como movimiento global de
producción de la cultura como mercancía. Los productos culturales, las películas,
los programas radiofónicos, las revistas manifiestan la misma racionalidad
técnica, el mismo esquema de organización y planificación por parte del management
que la fabricación de coches en serie o los proyectos del urbanismo. Cada sector
de la producción está uniformizado y todos lo están en relación con los demás.
La
industria cultural proporciona en todas partes bienes estandarizados para
satisfacer las numerosas demandas identificadas como otras tantas distinciones
a las que los estándares de la producción deben responder. A través de un modo
industrial de producción se obtiene una cultura de masas hecha con una serie de
objetos que llevan claramente la huella de la industria cultural:
serialización-estandarización-división del trabajo. La industria cultural fija de
manera ejemplar la quiebra de la cultura, su caída en la mercancía. La transformación
del acto cultural en un valor destruye su capacidad crítica y disuelve en él las
huellas de una experiencia auténtica. La producción industrial sella la
degradación de la función filosófico-existencial de la cultura.
Además,
Jürgen Habermas, en su obra El espacio Público, y prosiguiendo con el trabajo
de la escuela de Fráncfort y la corriente crítica de Marcuse. Este espacio
público se caracteriza como un espacio de mediación entre el Estado y la
sociedad, que permite la discusión pública en un reconocimiento común del poder
de la razón y de la riqueza del intercambio de argumentos entre individuos, de
las confrontaciones de ideas y de opiniones ilustradas. El principio de
publicidad se define como aquello que pone en conocimiento de la opinión
pública los elementos de información que atañen el interés general. El desarrollo
de las leyes del mercado, su intrusión en la esfera de la producción cultural,
sustituyen al razonamiento, a ese principio de publicidad y a esa comunicación
pública de las formas de comunicación cada vez más inspiradas en un modelo
comercial de «fabricación de opinión». Habermas ve una «refeudalización de la
sociedad» y con ello asume las exposiciones de Adorno y Horkheimer sobre la
manipulación de la opinión, la estandarización, la masificación y la
individualización del público. El ciudadano tiende a convertirse en un
consumidor con un comportamiento emocional y aclamador, y la comunicación
pública se disuelve en «actitudes, siempre estereotipadas, de recepción
aislada».
Para
estos tres pensadores, todo el potencial emancipador de la ciencia y de la
técnica se dedica a beneficiar la reproducción del sistema de dominación y de
sometimiento.
Dice
Umberto Eco, en Apocalípticos e integrados que E. Shils adopta la distinción
entre la cultura superior o refinada, la cultura mediocre y la cultura brutal.
La primera, caracterizada por lo serio de sus temas, la importancia de los
problemas de que se ocupa, se manera penetrante, coherente y sutil de expresar
la riqueza de los sentimientos. La segunda es menos original, más imitativa. Se
nutre de los géneros de la cultura superior y tiene los suyos propios, como la
comedia musical. La cultura brutal es aquella cuyo contenido simbólico es más pobre
y donde hay muy poca creación original. La discusión sobre la cultura de masas
está íntimamente ligada a la cuestión de la sociedad de masas, a la que los intelectuales
integrados asimilan al final de la sociedad de clases y de los enfrentamientos
de clase contra clase. industrial occidental.
En
1962, el sociólogo Daniel Bell lanza el concepto de «sociedad postindustrial»
para denominar el advenimiento de la nueva sociedad constituida con las
tecnologías de la inteligencia y la industria de la información, materia prima
del futuro.
El
estructuralismo, una teoría lingüística.
El
estructuralismo extiende las hipótesis de una escuela lingüística a otras
diciplinas de las ciencias humanas (antropología, historia, literatura,
psicoanálisis).
Los
métodos fundadores de esta teoría vienen de los discursos sobre lingüística
aportados por Ferdinand de Saussure (1857 – 1913) en la Universidad de Ginebra.
Para este lingüista suizo, la lengua es una «institución social», mientras que
la palabra es un acto individual. Como institución, la lengua es un sistema
organizado de signos que expresan ideas: representa el aspecto codificado del
lenguaje. La lingüística tiene por tarea estudiar las reglas de este sistema
organizado a través de las cuales éste produce sentido. Saussure postula que el
lenguaje es segmentable y por tanto analizable. Él soñaba con una ciencia general
de todos los lenguajes (hablados o no), de todos los signos sociales. “Se puede
percibir una ciencia que estudie la vida de los signos en el seno de la vida
social, la llamaremos semiología (del griego semeion, signo). Nos enseñaría en
qué consisten los signos, qué leyes los rigen”.
Es aquí donde el semiólogo y filósofo estructuralista Roland Barthes (1915 – 1980) retoma el desafío de Ferdinand de Saussure dando esta definición en su propio manifiesto sobre los elementos de la semiología: “La semiología tiene como objeto todo sistema de signos, cualquiera que sea su sustancia, cualesquiera que sean sus límites: las imágenes, los gestos, los sonidos melódicos, los objetos y los complejos de estas sustancias que se encuentran en ritos, protocolos o espectáculos constituyen, si no “lenguajes”, sí al menos sistemas de significación”.
Barthes
ordena esos elementos en cuatro secciones: 1) Lengua y palabra; 2) Significante
y significado; 3) Sistema y sintagma; 4) Denotación y connotación.
Para
el estudio del discurso de los medios de comunicación, dos de estos binomios se
revelan especialmente importantes: significante-significado y
denotación-connotación. La lengua es un sistema organizado de signos. Cada signo
presenta un doble aspecto: uno perceptible, audible: el significante; el otro,
contenido en el anterior: el significado. Entre estos dos elementos pasa la
relación de significación. En cuanto a la distinción denotación-connotación, el
lingüista Algirdas-Julien Greimas (1917 – 1992), retoma esta teoría con
distintos términos: «práctica-mítica», y se impone cuando el análisis estructural
se esfuerza en aprehender y sistematizar todos los hechos que superan el
lenguaje primero o lenguaje de base. (Citado en Greimas, 1966).
Barthes
destaca la importancia del «desarrollo de la publicidad, la gran prensa, la
radio, la ilustración, sin hablar de la supervivencia de una infinidad de ritos
comunicativos que hacen más urgente que nunca la constitución de una ciencia
semiológica. En su parte teórica, esboza una teoría semiológica de los «mitos
contemporáneos», como los que se encuentran en las comunicaciones de masas, y
que él define como lenguajes connotados. Barthes explica cómo el mito parece
apoyarse en el lenguaje corriente, de forma que presenta como ‘natural’ a lo
que él llamó una especie de monstruo: la pequeña burguesía.
Una
escuela francesa
En
1960 se crea el Centro de estudios de las comunicaciones de masas (CECMAS) en
la Escuela práctica de altos estudios. Fundado por iniciativa del sociólogo
Georges Friedmann (1902 – 1978), representando el primer intento serio de
constituir en Francia un medio y una problemática de investigación de la
comunicación. Su programa es el análisis de las «relaciones entre la sociedad
global y las comunicaciones de masas que se le integran funcionalmente». Pretende
remediar el retraso de la investigación francesa en un campo ampliamente
dominado por el análisis funcional norteamericano, y la carencia de una
perspectiva transdisciplinaria.
Los
estudios de Friedmann sobre el trabajo y la técnica lo conducen a dedicarse a
los problemas de la civilización técnica, a sus ‘fenómenos de masas’:
producción y consumo de masa; audiencia de masa; aparición del tiempo del
no-trabajo; generalización del ocio.
En
esa región francesa, Edgar Morin (1921) introduce en las referencias francesas
el concepto de industria cultural. Reflexiona sobre la importancia que
adquieren los medios de comunicación y en los valores de esta nueva cultura. Sus
investigaciones se definen como una “sociología del presente” que está
interesada en el acontecimiento como revelador sociológico.
Las
investigaciones de Edgar Morin se orientan hacia la cibernética, la teoría de
los sistemas y las ciencias de la cognición.
De
la lingüística a la antropología estructural.
En
el método Anthropologie structurale (1958 y 1973) de Claude Lévi-Strauss
expone a los mitos como forma de lenguaje. Los mitos concretos, los mitemas,
sólo tienen sentido combinados, a semejanza de los fonemas vocálicos o
consonánticos, unidades básicas del lenguaje.
El esquema de toda comunicación presenta seis elementos constitutivos y responde a seis funciones: el destinador determina la función expresiva; el destinatario, la función conativa; el mensaje, la función poética (figuras retóricas); el contexto determina la función referencial; el contacto, la función fática (que verifica la escucha del destinatario; el código, la función metalingüística que trata del lenguaje tomado como objeto (si utilizan el mismo léxico, la misma gramática).
Aparatos
ideológicos de Estado y reproducción social.
Los
esposos Mattelart, mencionan en su libro: Historia de las Teorías de la
Comunicación, que una de las más importantes tendencias del estructuralismo es
la relectura de los textos fundadores del marxismo. Donde el filósofo Louis
Althusser (1918 – 1990) publica Leer El Capital. Poniendo en marcha una guerra
contra la «vulgata marxista», contra todas sus perspectivas y visiones, llamándoles
“trampas del humanismo”, cuyo representante en esa época era Roger Garaudy.
Althusser quiere demostrar que esta noción pertenece a una problemática premarxista
y que está vinculada con una concepción humanista de la sociedad que hace de la
libertad un problema de relaciones sociales.
Althusser
destaca la ruptura epistemológica existente entre los primeros textos de Marx y
su obra El Capital; en esta obra, Althusser y sus seguidores descubren los
conceptos fundadores de una verdadera ciencia de las “formaciones sociales”
(estructura, superestructura, relaciones de producción, supradeterminación). En
este sistema capitalista, el individuo no es más sujeto de la historia que
dueño de sus alianzas en cuestión de parentesco, asienta Mattelart.
En un artículo de la revista La Pensée, en 1970 y repercutiendo en la teoría crítica de la comunicación en Francia y el extranjero, Althusser opone los instrumentos represivos del Estado (ejército, policía) que ejercen una coerción directa, a los aparatos que cumplen funciones ideológicas y que denomina «aparatos ideológicos del Estado». Estos aparatos significantes (escuela, Iglesia, Medios de Comunicación, familia, etc.) tienen la función de asegurar, garantizar y perpetuar el monopolio de la violencia simbólica, la que se ejerce en el terreno de la representación, disimulando lo arbitrario de esta violencia bajo la cobertura de una legitimidad supuestamente natural. Y gracias a esto, actúa la dominación ideológica: la forma en que una clase con poder (sociedad política) ejerce su influencia sobre las demás clases (sociedad civil).
El dispositivo de vigilancia.
Por
otra parte, Michel Foucault (1926 – 1984), en su obra Les mots et les choses de
1966, propone una “arqueología” de las ciencias humanas: “Una historia que no
es la de la perfección creciente de los conocimientos, de su progreso hacia la
objetividad, sino más bien la de sus condiciones de posibilidad, la de las
configuraciones que dieron lugar a su aparición; en su obra Surveiller et punir,
publicada en 1975, opone dos formas de control social: la «disciplina-bloqueo»,
hecha con suspensiones, prohibiciones, cercas, jerarquías, tabiques y rupturas
de comunicación, y la «disciplina-mecanismo», hecha con técnicas de vigilancia
a través de la interiorización realizada por el individuo por medio de su
exposición constante al ojo del control. La concepción del poder como feudo de
los macrosujetos, el Estado, las clases, la ideología dominante, queda
desplazada en beneficio de una concepción relacional del poder. Foucault dice
que el poder no se conserva ni se transfiere como una cosa: «No se aplica, pura
y simplemente, como una obligación o una prohibición, a los que “no lo tienen”;
los inviste, pasa por ellos a través de ellos; se apoya en ellos, al igual que
ellos, en su lucha contra él, se apoya a su vez en el dominio que él ejerce
sobre ellos.» Los científicos sociales afirman así que es necesario dejar de
describir los efectos del poder en términos negativos (excluir, censurar,
reprimir, enmascarar, esconder, etc.): «De hecho, el poder produce algo real;
produce dominios de objetos y rituales de verdad.»
Althusser
hablaba de los aparatos y de un Estado abstracto; Foucault se refiere al
«dispositivo» y a la «gubernamentalidad». El término dispositivo remite a la
idea de organización y de red. Designa un conjunto heterogéneo de discursos,
instituciones, estructuras, decisiones reglamentarias, leyes y medidas
administrativas, enunciados científicos y proposiciones filosóficas, morales y
filantrópicas.
Las
tesis de Foucault permiten identificar los dispositivos de la
comunicación-poder en su propia forma organizativa. El modelo de comunicación visto
como «panóptico», utopía de una sociedad, sirve para caracterizar el modo de
control ejercido por el dispositivo televisual: una forma de organizar el
espacio, de controlar el tiempo, de vigilar continuamente al individuo y de
asegurar la producción positiva de comportamientos. El panóptico – tipo de
poder tomado por Foucault del filósofo utilitarista Jeremy Bentham – es esa
máquina de vigilancia en la que desde una torre central se puede controlar con
plena visibilidad todo el círculo del edificio dividido en alvéolos y donde los
vigilados, alojados en celdas individuales y separadas unas de otras, son
vistos sin poder ver. Ahora adaptado a las características televisivas que
invierten el sentido de la visión al permitir a los vigilados ver sin ser
vistos, y que ya no funciona sólo por control disciplinario sino por
fascinación y seducción, el panóptico, según Étienne Allemand, se convierte en
el «panóptico invertido», dejando a la televisión como «máquina de
organización».
Así, Foucault propone analizar lo ordinario del Estado, pensar sus prácticas de adaptación, de ofensiva y de repliegue, sus irregularidades…para despejar coherencias, irregularidades, que son en esencia las «tácticas generales de gubernamentalidad.»
Referencias
Bibliográficas:
- · Gómez
de la Torre, A. E. (2011). Michéle y Armand Mattelart. Intexto, volumen(33), p.
4 Recuperado de: https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=5791369
- ·
Mattelart,
M. y Mattelart. A. (1997) 4. Industria cultural, ideología y poder. Historia de
las teorías de la comunicación (pp. 51 -56) Barcelona, España: Paidós
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