sábado, 4 de octubre de 2025

Industria cultural, ideología y poder.


Historia de las Teorías de la Comunicación.

    La historia de la constitución del campo científico en comunicación en América Latina está profunda y ampliamente marcada por la presencia de esta pareja paradigmática de militantes y científicos de origen europeo (Francia y Bélgica), que renacieron intelectual y políticamente en nuestro continente, en los distantes y cercanos años de 1960. En ese encuentro determinante confluyeron la voluntad de conocimiento sobre el mundo latinoamericano, la aventura intelectual y la necesidad de militancia transformadora en un escenario crucial de cambios sociales, como fue Chile en aquel tiempo.”  - Maldonado Gómez de la Torre. 

Industria cultural, ideología y poder.

La sociología funcionalista consideraba los medios de comunicación, nuevos instrumentos de la democracia moderna, como mecanismos decisivos de la regulación de la sociedad y, en este contexto, no podía sino defender una teoría acorde con la reproducción de los valores del sistema social, del estado de cosas existente. Estas escuelas de pensamiento crítico nos darán las bases históricas sobre las consecuencias del desarrollo de estos nuevos medos de producción y de transmisión cultural. Descritos y aceptados por el análisis funcional como mecanismos de ajuste, los medios de comunicación resultan sospechosos de violencia simbólica y son temidos como medios de poder y de dominación.

Inspirados por un marxismo en ruptura con la ortodoxia, los filósofos de la escuela de Fráncfort, exiliados en los Estados Unidos, se inquietan por el devenir de la cultura desde los años cuarenta. Años más tarde, el movimiento estructuralista nacido en Francia opone al método empirista el redescubrimiento de la ideología.

Theodor Adorno (1903 – 1969), en su estudio sobre los programas musicales en la radio, criticaba el rango de la música y decía que estaba relegada a la condición de aderezo de la vida cotidiana, y denunciaba lo que llamaba «felicidad fraudulenta del arte afirmativo», es decir, un arte integrada en el sistema.

            A mediados de los años cuarenta Adorno y Horkheimer crean el concepto de «industria cultural». Analizan la producción industrial de los bienes culturales como movimiento global de producción de la cultura como mercancía. Los productos culturales, las películas, los programas radiofónicos, las revistas manifiestan la misma racionalidad técnica, el mismo esquema de organización y planificación por parte del management que la fabricación de coches en serie o los proyectos del urbanismo. Cada sector de la producción está uniformizado y todos lo están en relación con los demás.

La industria cultural proporciona en todas partes bienes estandarizados para satisfacer las numerosas demandas identificadas como otras tantas distinciones a las que los estándares de la producción deben responder. A través de un modo industrial de producción se obtiene una cultura de masas hecha con una serie de objetos que llevan claramente la huella de la industria cultural: serialización-estandarización-división del trabajo. La industria cultural fija de manera ejemplar la quiebra de la cultura, su caída en la mercancía. La transformación del acto cultural en un valor destruye su capacidad crítica y disuelve en él las huellas de una experiencia auténtica. La producción industrial sella la degradación de la función filosófico-existencial de la cultura.

Por otra parte, el filósofo Herbert Marcuse (1898 – 1979), en su obra El hombre unidimensional, critica la cultura y la civilización burguesa, las formaciones históricas de la clase obrera y en sus perspectiva, pretende desenmascarar las nuevas formas de dominación política: bajo la apariencia de racionalidad de un mundo cada vez más conformado por la tecnología y la ciencia, se manifiesta la irracionalidad de un modelo de organización de la sociedad que, en lugar de liberar al individuo, lo sojuzga. La racionalidad técnica, la razón instrumental, han reducido el discurso y el pensamiento a una dimensión única que hace concordar la cosa y su función, la realidad y la apariencia, la esencia y la existencia. Esta «sociedad unidimensional» ha anulado el espacio del pensamiento crítico, afirma. Un mundo en el que la instrumentalización de las cosas acaba siendo la de los individuos.

Además, Jürgen Habermas, en su obra El espacio Público, y prosiguiendo con el trabajo de la escuela de Fráncfort y la corriente crítica de Marcuse. Este espacio público se caracteriza como un espacio de mediación entre el Estado y la sociedad, que permite la discusión pública en un reconocimiento común del poder de la razón y de la riqueza del intercambio de argumentos entre individuos, de las confrontaciones de ideas y de opiniones ilustradas. El principio de publicidad se define como aquello que pone en conocimiento de la opinión pública los elementos de información que atañen el interés general. El desarrollo de las leyes del mercado, su intrusión en la esfera de la producción cultural, sustituyen al razonamiento, a ese principio de publicidad y a esa comunicación pública de las formas de comunicación cada vez más inspiradas en un modelo comercial de «fabricación de opinión». Habermas ve una «refeudalización de la sociedad» y con ello asume las exposiciones de Adorno y Horkheimer sobre la manipulación de la opinión, la estandarización, la masificación y la individualización del público. El ciudadano tiende a convertirse en un consumidor con un comportamiento emocional y aclamador, y la comunicación pública se disuelve en «actitudes, siempre estereotipadas, de recepción aislada».

Para estos tres pensadores, todo el potencial emancipador de la ciencia y de la técnica se dedica a beneficiar la reproducción del sistema de dominación y de sometimiento.

Dice Umberto Eco, en Apocalípticos e integrados que E. Shils adopta la distinción entre la cultura superior o refinada, la cultura mediocre y la cultura brutal. La primera, caracterizada por lo serio de sus temas, la importancia de los problemas de que se ocupa, se manera penetrante, coherente y sutil de expresar la riqueza de los sentimientos. La segunda es menos original, más imitativa. Se nutre de los géneros de la cultura superior y tiene los suyos propios, como la comedia musical. La cultura brutal es aquella cuyo contenido simbólico es más pobre y donde hay muy poca creación original. La discusión sobre la cultura de masas está íntimamente ligada a la cuestión de la sociedad de masas, a la que los intelectuales integrados asimilan al final de la sociedad de clases y de los enfrentamientos de clase contra clase. industrial occidental.

En 1962, el sociólogo Daniel Bell lanza el concepto de «sociedad postindustrial» para denominar el advenimiento de la nueva sociedad constituida con las tecnologías de la inteligencia y la industria de la información, materia prima del futuro.

El estructuralismo, una teoría lingüística.

El estructuralismo extiende las hipótesis de una escuela lingüística a otras diciplinas de las ciencias humanas (antropología, historia, literatura, psicoanálisis).

Los métodos fundadores de esta teoría vienen de los discursos sobre lingüística aportados por Ferdinand de Saussure (1857 – 1913) en la Universidad de Ginebra. Para este lingüista suizo, la lengua es una «institución social», mientras que la palabra es un acto individual. Como institución, la lengua es un sistema organizado de signos que expresan ideas: representa el aspecto codificado del lenguaje. La lingüística tiene por tarea estudiar las reglas de este sistema organizado a través de las cuales éste produce sentido. Saussure postula que el lenguaje es segmentable y por tanto analizable. Él soñaba con una ciencia general de todos los lenguajes (hablados o no), de todos los signos sociales. “Se puede percibir una ciencia que estudie la vida de los signos en el seno de la vida social, la llamaremos semiología (del griego semeion, signo). Nos enseñaría en qué consisten los signos, qué leyes los rigen”.

Es aquí donde el semiólogo y filósofo estructuralista Roland Barthes (1915 – 1980) retoma el desafío de Ferdinand de Saussure dando esta definición en su propio manifiesto sobre los elementos de la semiología: “La semiología tiene como objeto todo sistema de signos, cualquiera que sea su sustancia, cualesquiera que sean sus límites: las imágenes, los gestos, los sonidos melódicos, los objetos y los complejos de estas sustancias que se encuentran en ritos, protocolos o espectáculos constituyen, si no “lenguajes”, sí al menos sistemas de significación”.

Barthes ordena esos elementos en cuatro secciones: 1) Lengua y palabra; 2) Significante y significado; 3) Sistema y sintagma; 4) Denotación y connotación.

Para el estudio del discurso de los medios de comunicación, dos de estos binomios se revelan especialmente importantes: significante-significado y denotación-connotación. La lengua es un sistema organizado de signos. Cada signo presenta un doble aspecto: uno perceptible, audible: el significante; el otro, contenido en el anterior: el significado. Entre estos dos elementos pasa la relación de significación. En cuanto a la distinción denotación-connotación, el lingüista Algirdas-Julien Greimas (1917 – 1992), retoma esta teoría con distintos términos: «práctica-mítica», y se impone cuando el análisis estructural se esfuerza en aprehender y sistematizar todos los hechos que superan el lenguaje primero o lenguaje de base. (Citado en Greimas, 1966).

Barthes destaca la importancia del «desarrollo de la publicidad, la gran prensa, la radio, la ilustración, sin hablar de la supervivencia de una infinidad de ritos comunicativos que hacen más urgente que nunca la constitución de una ciencia semiológica. En su parte teórica, esboza una teoría semiológica de los «mitos contemporáneos», como los que se encuentran en las comunicaciones de masas, y que él define como lenguajes connotados. Barthes explica cómo el mito parece apoyarse en el lenguaje corriente, de forma que presenta como ‘natural’ a lo que él llamó una especie de monstruo: la pequeña burguesía.

Una escuela francesa

En 1960 se crea el Centro de estudios de las comunicaciones de masas (CECMAS) en la Escuela práctica de altos estudios. Fundado por iniciativa del sociólogo Georges Friedmann (1902 – 1978), representando el primer intento serio de constituir en Francia un medio y una problemática de investigación de la comunicación. Su programa es el análisis de las «relaciones entre la sociedad global y las comunicaciones de masas que se le integran funcionalmente». Pretende remediar el retraso de la investigación francesa en un campo ampliamente dominado por el análisis funcional norteamericano, y la carencia de una perspectiva transdisciplinaria.

Los estudios de Friedmann sobre el trabajo y la técnica lo conducen a dedicarse a los problemas de la civilización técnica, a sus ‘fenómenos de masas’: producción y consumo de masa; audiencia de masa; aparición del tiempo del no-trabajo; generalización del ocio.

En esa región francesa, Edgar Morin (1921) introduce en las referencias francesas el concepto de industria cultural. Reflexiona sobre la importancia que adquieren los medios de comunicación y en los valores de esta nueva cultura. Sus investigaciones se definen como una “sociología del presente” que está interesada en el acontecimiento como revelador sociológico.


Al otro lado, en Milán, se funda el Instituto A.-Gemelli, donde los italianos investigarían a profundidad y de forma más constante que los semiólogos franceses, los fenómenos de la comunicación y de la cultura de masas.

Las investigaciones de Edgar Morin se orientan hacia la cibernética, la teoría de los sistemas y las ciencias de la cognición.

De la lingüística a la antropología estructural.

En el método Anthropologie structurale (1958 y 1973) de Claude Lévi-Strauss expone a los mitos como forma de lenguaje. Los mitos concretos, los mitemas, sólo tienen sentido combinados, a semejanza de los fonemas vocálicos o consonánticos, unidades básicas del lenguaje.

El esquema de toda comunicación presenta seis elementos constitutivos y responde a seis funciones: el destinador determina la función expresiva; el destinatario, la función conativa; el mensaje, la función poética (figuras retóricas); el contexto determina la función referencial; el contacto, la función fática (que verifica la escucha del destinatario; el código, la función metalingüística que trata del lenguaje tomado como objeto (si utilizan el mismo léxico, la misma gramática).

Aparatos ideológicos de Estado y reproducción social.

Los esposos Mattelart, mencionan en su libro: Historia de las Teorías de la Comunicación, que una de las más importantes tendencias del estructuralismo es la relectura de los textos fundadores del marxismo. Donde el filósofo Louis Althusser (1918 – 1990) publica Leer El Capital. Poniendo en marcha una guerra contra la «vulgata marxista», contra todas sus perspectivas y visiones, llamándoles “trampas del humanismo”, cuyo representante en esa época era Roger Garaudy. Althusser quiere demostrar que esta noción pertenece a una problemática premarxista y que está vinculada con una concepción humanista de la sociedad que hace de la libertad un problema de relaciones sociales. 

Althusser destaca la ruptura epistemológica existente entre los primeros textos de Marx y su obra El Capital; en esta obra, Althusser y sus seguidores descubren los conceptos fundadores de una verdadera ciencia de las “formaciones sociales” (estructura, superestructura, relaciones de producción, supradeterminación). En este sistema capitalista, el individuo no es más sujeto de la historia que dueño de sus alianzas en cuestión de parentesco, asienta Mattelart.

En un artículo de la revista La Pensée, en 1970 y repercutiendo en la teoría crítica de la comunicación en Francia y el extranjero, Althusser opone los instrumentos represivos del Estado (ejército, policía) que ejercen una coerción directa, a los aparatos que cumplen funciones ideológicas y que denomina  «aparatos ideológicos del Estado». Estos aparatos significantes (escuela, Iglesia, Medios de Comunicación, familia, etc.) tienen la función de asegurar, garantizar y perpetuar el monopolio de la violencia simbólica, la que se ejerce en el terreno de la representación, disimulando lo arbitrario de esta violencia bajo la cobertura de una legitimidad supuestamente natural. Y gracias a esto, actúa la dominación ideológica: la forma en que una clase con poder (sociedad política) ejerce su influencia sobre las demás clases (sociedad civil).

En esa misma época, Pierre Bourdieu reflexiona acerca de la violencia oculta. Sus análisis de las actitudes y las prácticas culturales se basan en la noción de
habitus, término que designa ese sistema estable de disposiciones que se perciben y se actúan, que contribuye a reproducir con todas sus desigualdades un orden social establecido (citado en Bourdieu y Passeron, 1970). La sociedad o la «formación social» se define como un sistema de relaciones de fuerza y de sentido entre grupos y clases. Para ello, analiza los usos sociales de la fotografía, demuestra cómo una práctica de ocio que, menciona, podría parecer independiente de los códigos de representación dominantes y susceptible de liberar la expresividad de cada uno, significa el triunfo del código y la convención.

El dispositivo de vigilancia.

Por otra parte, Michel Foucault (1926 – 1984), en su obra Les mots et les choses de 1966, propone una “arqueología” de las ciencias humanas: “Una historia que no es la de la perfección creciente de los conocimientos, de su progreso hacia la objetividad, sino más bien la de sus condiciones de posibilidad, la de las configuraciones que dieron lugar a su aparición; en su obra Surveiller et punir, publicada en 1975, opone dos formas de control social: la «disciplina-bloqueo», hecha con suspensiones, prohibiciones, cercas, jerarquías, tabiques y rupturas de comunicación, y la «disciplina-mecanismo», hecha con técnicas de vigilancia a través de la interiorización realizada por el individuo por medio de su exposición constante al ojo del control. La concepción del poder como feudo de los macrosujetos, el Estado, las clases, la ideología dominante, queda desplazada en beneficio de una concepción relacional del poder. Foucault dice que el poder no se conserva ni se transfiere como una cosa: «No se aplica, pura y simplemente, como una obligación o una prohibición, a los que “no lo tienen”; los inviste, pasa por ellos a través de ellos; se apoya en ellos, al igual que ellos, en su lucha contra él, se apoya a su vez en el dominio que él ejerce sobre ellos.» Los científicos sociales afirman así que es necesario dejar de describir los efectos del poder en términos negativos (excluir, censurar, reprimir, enmascarar, esconder, etc.): «De hecho, el poder produce algo real; produce dominios de objetos y rituales de verdad.»

Althusser hablaba de los aparatos y de un Estado abstracto; Foucault se refiere al «dispositivo» y a la «gubernamentalidad». El término dispositivo remite a la idea de organización y de red. Designa un conjunto heterogéneo de discursos, instituciones, estructuras, decisiones reglamentarias, leyes y medidas administrativas, enunciados científicos y proposiciones filosóficas, morales y filantrópicas.

Las tesis de Foucault permiten identificar los dispositivos de la comunicación-poder en su propia forma organizativa. El modelo de comunicación visto como «panóptico», utopía de una sociedad, sirve para caracterizar el modo de control ejercido por el dispositivo televisual: una forma de organizar el espacio, de controlar el tiempo, de vigilar continuamente al individuo y de asegurar la producción positiva de comportamientos. El panóptico – tipo de poder tomado por Foucault del filósofo utilitarista Jeremy Bentham – es esa máquina de vigilancia en la que desde una torre central se puede controlar con plena visibilidad todo el círculo del edificio dividido en alvéolos y donde los vigilados, alojados en celdas individuales y separadas unas de otras, son vistos sin poder ver. Ahora adaptado a las características televisivas que invierten el sentido de la visión al permitir a los vigilados ver sin ser vistos, y que ya no funciona sólo por control disciplinario sino por fascinación y seducción, el panóptico, según Étienne Allemand, se convierte en el «panóptico invertido», dejando a la televisión como «máquina de organización».

Así, Foucault propone analizar lo ordinario del Estado, pensar sus prácticas de adaptación, de ofensiva y de repliegue, sus irregularidades…para despejar coherencias, irregularidades, que son en esencia las «tácticas generales de gubernamentalidad.»

Referencias Bibliográficas:

  • ·     Gómez de la Torre, A. E. (2011). Michéle y Armand Mattelart. Intexto, volumen(33), p. 4 Recuperado de: https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=5791369
  • ·       Mattelart, M. y Mattelart. A. (1997) 4. Industria cultural, ideología y poder. Historia de las teorías de la comunicación (pp. 51 -56) Barcelona, España: Paidós

 

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