“El potencial que poseen las
palabras de ser modificadas por los individuos puede ser muy considerable, pero
siempre es limitado. Puesto que los pensamientos que dejan de ser transmisibles
pierden todo significado” -Norbert Elias
Los orígenes.
Los estudios culturales no son
una disciplina, emergen en la segunda mitad del siglo XX como una forma de
enfrentar los desafíos de una sociedad en continua transformación que no se
deja “leer” desde los marcos disciplinarios.
Reguillo refiere que quien mejor
interpretó el contexto y sentido en el que emergen los estudios culturales como
forma compartida por una comunidad intelectual de nombrar ciertas
intersecciones disciplinarias fue Immanuel Wallerstein, quien encabezó los
trabajos de lo que fue conocida como Comisión Gulbenkian para las Ciencias
Sociales, cuyo sentido fundamental fue el de revisar los trayectos de
configuración, codificación e institucionalización en el campo de las ciencias
sociales mediante dos aspectos fundamentales:
1.- La dimensión política que,
pese a que se suele ignorar, está siempre presente en el proceso de producción
de conocimientos y de manera especial en el modo en que se organizan los
saberes disciplinarios que también obedece a una lógica de “beneficios” y de
disputas por la asignación de recursos. El foco del análisis del “informe
Gulbenkian”, está puesto en el reparto de “objetos” de estudio desde la lógica
de las estructuras departamentales de las universidades, o al revés, de las
estructuras departamentales como plataformas para la selección de ciertos
objetos de estudio.
La comisión señala que los
estudios culturales emergen en un momento de acumulación de tensiones, como una
forma de hacerse cargo, más que de las estructuras departamentales, de una
realidad que se desborda y no es posible contener desde los límites planeados
por las disciplinas. Los estudios culturales emergen como respuesta al proceso
de disciplinarización del saber. “Nacen” marcados por un fuerte componente
político, que de inmediato los sitúa en el territorio de la sospecha y del
rechazo de aquellos que detentan el poder académico fundado en la
compartimentación del saber.
2.- El informe Gulbenkian
posibilita aprehender es el fuerte contenido irruptivo de los llamados estudios
culturales. Éstos, convocan especialistas provenientes de diversos campos que
están más interesados en proveer marcos de lectura, interpretativos de los
fenómenos sociales que en defender cotos disciplinarios. Ello hace posible el “cruce”
de las teorías feministas, coloniales y postcoloniales, socio-semióticas, de la
crítica literaria, de teorías críticas de la recepción y de una nutrida
representación de la antropología simbólica.
Los “estudios culturales”, al desmarcarse de anclajes disciplinarios, van a constituirse como una “comunidad de hablantes” que traen a la escena de la discusión marcos diferenciales desde los cuales hacen visible las intersecciones entre tres puntos clave: la importancia central del sujeto que actúa en un marco constreñido por el poder; la necesidad de “deconstruir” los procesos de normalización que históricamente han definido como “naturales” los procesos de exclusión, marginación, dominación; y la vinculación clave entre los “productos” de la cultura y sus productores, de donde viene el énfasis que se pone en ciertas perspectivas de los estudios culturales en el análisis cultural situado.
Estas tres dimensiones o ámbitos
pueden ser leídos desde tres ópticas conceptuales: la subjetividad (el sujeto),
el poder (la política) y la cultura (lo simbólico). (2005, p. 190)
Tres Vertientes.
Reguillo refiere que una vez
determinados los orógenes de los estudios culturales y que se ha desvinculado disciplinariamente
de su clara vocación política, se pueden establecer sus diferencias.
Para ello, menciona que
establecer la vertiente de los Estudios Culturales británicos, a quienes suele atribuirse
la formación del concepto a partir de los trabajos pioneros de Raymond Williams
(1921 – 1988) y la llamada Escuela de Birmingham. De donde dice, provienen las
tradiciones más sólidas en estudios culturales vinculadas a las investigaciones
cinematográficas, musicales, literarias, feministas, de consumos culturales, entre
otras, en dos vertientes que no siempre confluyeron: el culturalismo y el
estructuralismo, discusión que fue presentada por un central estudioso de los
estudios culturales en Birmingham, Stuart Hall.
Esto derivó en dos paradigmas sobre
la producción del círculo de intelectuales, “el culturalista” que asumía al
sujeto (tanto en su dimensión individual como colectiva) como libre de asignar
y construir significados para reinscribirse en el marco de las instituciones
sociales y, “el estructuralista/postestructuralista” que enfatiza que el sujeto
y las identidades son posiciones determinadas social e ideológicamente
estructuradas.
Respecto a la Escuela de Frankfurt
y tras el exilio provocado por los nazis, varios de sus integrantes encontraron
un nuevo espacio en la Universidad de Columbia en Nueva York, después de pasar
por Ginebra, Londres y París; la autora menciona que hacia 1963 se instaló en
Columbia el Instituto de Investigaciones Sociales, encabezado por Adorno y Horkheimer.
Esta teoría tuvo impactos importantes en el proyecto de investigación de radio
de Lazarsfeld en Princeton y también entre el grupo de Estudios de Opinión en
Berkeley, donde destacaron los trabajos de Bruno Bettelheim y Morris Janowitz.
Reguillo hace mención de cabezas
fundamentales para el desarrollo de estas teorías estadounidenses, como son:
Frederic Jameson, escritor de temas sobre la postmodernidad; Larry Grossberg,
conjunto a Pamela Treichlere y Any Nelson coeditaron y desarrollaron una
antología para entender el desarrollo de los Estudios Culturales en sus
vínculos con el discurso y las humanidades; desde el feminismo, Donna Haraway
ha trabajado la figura del cyborg como una figura política que señala la
ilusión óptica que separa la ciencia ficción de la realidad. Su “Manifiesto
Cyborg” es un documento interesante para calibrar la renovación de la crítica
al pensamiento conservador que tiende a “naturalizar” y a deshistorizar las
categorías a través de las cuales pensamos el mundo.
Por otra parte, desde el punto de
vista de la autora, una importante aportación dentro de los Estudios Culturales
Latinoamericanos fue la de Néstor García Canclini “El malestar de los estudios
culturales”, donde hace referencia al texto en conjunto de Grossberg, Nelson y
Treichlere, y menciona que en ninguno de sus cuarenta artículos se dedica a la
economía de la cultura. Provocando la desconfianza de muchos científicos
sociales a este tipo de análisis.
Los estudios de la cultura en América Latina, de larga tradición, se han esforzado por visibilizar y poner en discusión temas, procesos, momentos, prácticas sociohistóricas y políticas, como claves para la (auto)comprensión de las sociedades latinoamericanas en sus vínculos con el mundo y con el pensamiento metropolitano.
Para los estudiosos de la
comunicación, refiere Reguillo, resultan de particular relevancia los aportes
de los estudios de la cultura y el poder producidos desde América Latina, como
lo llamaría Daniel Mato en Venezuela, las categorías para pensar el consumo y
la economía política de los intercambios simbólicos; las pertenencias
culturales como mediaciones clave para la recepción/interpretación del mundo;
los medios de comunicación como dispositivos de poder e instituciones
culturales, las identidades como categorías socio-culturalmente construidas y la
gestión cultural. 2005, p. 193)
Reguillo continúa haciendo
mención: “… de la gravedad del momento que atravesamos: por un lado, abandonar
toda pretensión de verdades universales y, de otro lado, atender y estudiar
todas aquellas emergencias que, apuntando tanto al cambio como a la
continuidad, indiquen las direcciones hacia las que la sociedad se mueve…” .
Dice que renunciar a convertir los estudios culturales en una especie de “nuevo
testamento” del pensamiento crítico y al mismo tiempo, abrirse al entendimiento
de aquellos procesos, prácticas, productos que estarían marcando el avance de
nuestras sociedades hacia un estadio más justo, democrático, inclusivo o no: no
vale ensalzar los avances democráticos y callar ante los retrocesos o involuciones
antidemocráticas presentes aún en los grupos más abiertos al cambio.
Queda la cuestión del método, un problema debatido no siempre de la mejor manera. No se trata de oponer lo cualitativo a lo cuantitativo; ni el análisis del discurso frente a la estadística. El problema es más complejo, se trata de poner a funcionar nuestros instrumentos de registro (el pensamiento quiero decir) en clave multidimensional. A veces la clave se esconde en el dato duro (el número, la estadística, la gráfica), pero a veces reside en unas palabras pronunciadas al azar por un “informante” inscrito en lo cotidiano. Pienso que ni un poderoso instrumental estadístico, ni una sofisticada estrategia hermenéutica para analizar lo que la gente dice, son antídotos suficientes para contrarrestar el problema que el analista enfrenta a la hora de producir interpretaciones. Me inclino por el rigor (que no rigidez) metodológica, por la diversificación de nuestros instrumentos de escucha y de registro, por una capacidad renovada de analizar el signo, el símbolo, la señal.
Hacia una perspectiva
Sociocultural.
Reguillo concluye que: “… Lo
central en este aspecto estriba en “la articulación”, en la construcción de
relaciones “significativas” entre procesos y prácticas. Existen temas
recurrentes en este campo, por ejemplo, el consumo, la identidad, la
diferencia, las representaciones como problemas conceptuales; los medios en su
interacción con los públicos o audiencias, las culturas juveniles, las
expresiones culturales emergentes, la estética y sus formas tanto masivas,
“cultas” o populares, las industrias culturales (los mercados de la música o el
cine), como problemas empíricos; la ciudad, la vida cotidiana, las
instituciones, como espacios de indagación y, por supuesto, la centralidad del
discurso o de las narrativas sociales que nombran y se disputan la
representación de lo real. Lo sustancial de los objetos construidos por estas
perspectivas socioculturales de la comunicación es su búsqueda (no siempre
lograda) de poner en clave de intelección crítica los problemas clave de las
sociedades contemporáneas.” (2005, p. 196)
Reguillo refiere que introduce
intencionalmente la noción “perspectivas socioculturales” señalando que América
Latina viene cobrando fuerza y forma una intensa discusión en torno a los
enfoques de la cultura, en el sentido de asumir el desafío que implica hoy día
pensar articulaciones que sean capaces simultáneamente de contener y explicar
las relaciones entre el orden simbólico y el orden de lo material, que no
minimicen la fuerza productiva de la significación pero que tampoco eludan los
marcos constrictivos del orden estructural en el que esta significación se
expresa y cobra sentido. Lo sociocultural alude precisamente al lugar donde se
tocan y se afectan las estructuras sociales objetivas y los procesos
simbólicos, lugar de cruce de los sistemas como fuerzas productivas y
constrictivas con la capacidad de agencia de los actores sociales que desde la
subjetividad son capaces de apropiarse, negociar o resistir al sistema; lugar
de interfaz entre la reproducción y la capacidad de transformación e
imaginación social. (2005, p. 197)
Referencias Bibliográficas:
·
Reguillo, R. (2005). Los estudios culturales. El
mapa incómodo de un relato inconcluso. Revista de Estudios para el
Desarrollo Social de la Comunicación. (No. 2), 189–199.